MEMORIAS DE UN BIBLIOTECARIO DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA Y TECNOLÓGICA

1. LA BIBLIOTECA DE D.  JOSÉ MARÍA DE AREILZA



D. José María de Areilza y Martínez de Rodas fue un testigo de prácticamente todo el siglo XX, que contribuyó a forjar, al menos en lo que se refiere a los aspectos políticos de España. Nació en Portugalete el 3 de agosto de 1909 y falleció en Madrid el 22 de febrero de 1998. Salvo una década, vivió el conflictivo y contradictorio siglo XX, en el que el ser humano progresó y exterminó a sus semejantes y a la naturaleza como nunca lo había hecho. Se fueron afianzando los derechos fundamentales, humanos y constitucionales, a partir del fin de la crueldad de los totalitarismos, hasta casi convertirlos en una especie de religión en la que la mayoría de los pueblos occidentales creían y predicaban, aunque, a veces, ellos mismos infringían. El hombre navegó por el espacio y aterrizó en la Luna, pero las mujeres y los niños eran violados y dejados morir en una violencia amparada en creencias mal entendidas, o en una injusta desnutrición, cuando algunos países tiraban a la basura miles de toneladas de alimentos. Los varones, mientras tanto, se mataban entre sí por aparentes ideales, que ocultaban los intereses de multinacionales y organismos internacionales dedicados al comercio.




D. José María de Areilza y Martínez de Rodas


El joven Areilza nació en una familia acomodada y culta, como lo fue su padre, D, Enrique Areilza, médico y cirujano de prestigio, que fundó varios hospitales como los de Basurto, Gorliz, Triano y La Arboleda. El mismo, como mínimo, mantuvo este status social al estudiar ingeniería industrial y derecho y al casarse con Dª Mercedes Churruca y Zubiría, Condesa de Motrico. Aprendió los tres idiomas más importantes de su época (alemán, inglés y francés), lo que le ayudó en su futura carrera diplomática y a mantenerse informado de las últimas tendencias, políticas, culturales, científicas y técnicas.

Con veinticinco años de edad se inició en la política, tomando parte en las campañas electorales de la Segunda República española como monárquico independiente afiliado al Partido Renovación Española de Vizcaya. Ese mismo año, 1934, se convierte en miembro del Consejo Nacional de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS). Sin duda, este hecho pudo influir en su nombramiento como alcalde de Bilbao durante la guerra civil española en el periodo comprendido entre 1937 y 1939. Al año siguiente, el general Francisco Franco le nombra Director General del Ministerio de Asuntos Exteriores y, años más tarde, en 1946, Procurador en Cortes y Consejero Nacional del Movimiento, cargo que desempeñó hasta 1958 durante varias legislaturas. Lo compatibilizó con su condición de embajador de España en la Argentina (1947-1949) del general Juan Domingo Perón y de su mujer, Eva Perón, que ayudaron a paliar el hambre de nuestro país. También fue embajador en los Estados Unidos de Norteamérica (1954-1960), coincidiendo con la presidencia del general Dwight D, Eisenhower, que contribuyó al reconocimiento internacional del régimen político de España. Debió desempeñar muy bien su trabajo, pues fue nombrado embajador en la Francia del también general Charles De Gaulle durante los años 1960-1964.

A partir de este último año se produce una brecha con el franquismo, pues regresa a los afanes por restaurar monarquía en la persona de D. Juan de Borbón, de cuyo Consejo Privado fue nombrado secretario. El distanciamiento de los principios de Franco no fue óbice para que le designaran miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1966. Fue un tiempo, que, dada la edad y el estado de salud del general Franco, empleó en concebir cómo habría que transformar el régimen existente en otro nuevo.

Una vez fallecido Francisco Franco, recibe el encargo de la cartera del Ministerio de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de la transición política (1975-1976), presidido aún por D. Carlos Arias Navarro. En 1976 funda el primer Partido Popular junto con el también político D. Pío Cabanillas, y que se terminó integrando en la Unión del Centro Democrático (UCD), presidido por Adolfo Suárez González. Este hecho provocó que D. José María de Areilza abandonara la UCD y fundara Acción Ciudadana Liberal, partido que rigió hasta que se constituyó Coalición Democrática, partido en el que se aliaron varios pequeños partidos políticos. En 1979 fue elegido Diputado como miembro de esta Coalición. Dos años más tarde, fue designado presidente de la Asamblea del Consejo de Europa.

Su amplia bibliografía, su dominio de la lengua y su estilo literario fueron factores que contribuyeron a su nombramiento como miembro de la Real Academia Española en 1987.

José María de Areilza fue un escritor prolífico. Salvo error u omisión, he llegado a contabilizar unas 63 monografías en las que participó como autor, coautor o colaborador, 34 artículos de revistas, 5 conferencias, que fueron grabadas en su día, e infinidad de artículos aparecidos en la prensa periódica, algunos de los cuales se recopilaron en forma de libro. Entre sus obras podemos destacar algunos títulos como Reivindicaciones de España (editado en 1941), Historia de una conspiración romántica (1950), Embajadores sobre España (1947), Figuras y pareceres (1973), Así los he visto (1974), Diario de un ministro de la monarquía (1977), Una Europa en cambio (1982), Cuadernos de la transición (1983), Memorias exteriores: 1947-1964 (1984), Crónica de libertad: 1965-1975 (1985), La Europa que queremos (1986), A lo largo del siglo; 1909-1991 (1992) … Para escribir tan amplia y variada bibliografía, no bastaba la experiencia; necesitaba también una extensa cultura adquirida en centros docentes y mediante la lectura de muchas publicaciones. La conversación con José María de Areliza, siempre amena, asimismo revelaba esa formación y sensibilidad lograda a base de leer y de tratar a muchas personas.

La base de su biblioteca procedía de su padre, el doctor D. Enrique Areilza, pero él se encargó de irla aumentando mediante la compra de libros y los regalos de los autores y editores. De su progenitor procedían, además de las monografías de medicina y cirugía de escritores españoles y extranjeros, las de los grandes pensadores y publicaciones de historia y novedades literarias. Él aportó libros de literatura, política, sociología, economía, ciencia, los extensos tratados de historia, geografía, viajes y arte, de tema americano, las colecciones de mapas antiguos y una numerosa, pero selecta, recopilación de publicaciones de temática vascongada. Nos revela que nunca fue un bibliófilo, sino que buscaba en los libros su valor instrumental para volver a leerlo, encontrar una cifra, un dato o para revivir personas, historias, descripciones. En principio y a falta de una evaluación más precisa, las piezas más valiosas de su biblioteca era un incunable montserratino, una obra del siglo XVIII y una gran parte del manuscrito de las Bienandanzas e Fortunas de Lope García de Salazar, copia que perteneció al historiador Gonzalo Fernández de Oviedo.

Cuando D. José María de Areilza nos contrató a mi hermano José Enrique y a mí para que catalogáramos su biblioteca, vivía en un palacete ubicado en el número 51 del Paseo de la Castellana, esquina a las calles de Miguel Ángel y García de Paredes. Era un edificio con un jardín muy hermoso, en el que predominaban árboles castaños, que fue derribado para construir una moderna sede de La Caixa. Una breve escalera daba a un vestíbulo en el que había dos puertas, un ascensor antiguo y una escalera. La puerta de la izquierda comunicaba con el despacho y la vivienda del matrimonio y la de la derecha con unas habitaciones donde trabajamos, desde octubre de 1972 al mes de julio de 1974, junto con el secretario particular, Sr. Arana (no recuerdo su nombre), y, más tarde, con la persona encargada de organizar el archivo.



Sede de La Caixa donde se encontraba la vivienda de D. José María de Areilza

A veces las visitas hacían sonar el timbre de la puerta derecha y, al abrirla, nos encontrábamos en el marco de la puerta con D. Manuel Fraga Iribarne, D. Pío Cabanillas, D. Antonio de Senillosa … que preguntaban por el Conde de Motrico y que se habían equivocado de puerta. Aquellos encuentros presagiaban que algo se estaba moviendo en la política española.

En el periodo en el que estuvimos catalogando la biblioteca de D. José María de Areilza (octubre de 1972 a julio de 1974), se produjeron numerosos acontecimientos políticos, además de los secuestros y atentados de la ETA. La Conferencia Episcopal publica en el mes de enero del intenso año de 1973 el documento La Iglesia y la comunidad política, que marca una nueva posición del sector eclesiástico en relación con el gobierno al que tan firmemente apoyó en sus primeros momentos. Franco empieza a delegar funciones en el almirante Luis Carrero Blanco, al que se considera su heredero ideológico, al nombrarle presidente del Gobierno. Un mes después de esta designación, Carrero se declara objetivo de ETA Militar en su VI Asamblea. Le ejecutaría el 20 de diciembre, dos días después de la controvertida visita de Henry Kissinger, Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, y la misma fecha en la que se iniciaba el Proceso 1001 contra dirigentes del sindicato Comisiones Obreras.

En el año 1974 el incierto futuro de España llama a la puerta de la historia. Al discurso pronunciado por el sucesor de Carrero Blanco, D. Carlos Arias Navarro, en el mes de febrero anunciando una timidísima apertura, se responde con la ejecución del activista catalán Salvador Puig Antic y con la formación del bunker dirigido por el ex ministro José Antonio Girón. En el último mes de trabajo, vivimos la efervescencia ocasionada por la flebitis de Franco y su hospitalización, la hemorragia gástrica del dictador y la asunción del príncipe Juan Carlos de Borbón de la interinidad de la Jefatura del Estado. Nuestra última jornada laboral coincidió con el alta médica de Franco.

La biblioteca estaba dispersa entre la planta baja y las superiores, donde vivían los hijos. Las estanterías de la planta principal eran de madera pintadas de color blanco mate y cubrían las paredes hasta el techo. Había una hermosa puerta de cristal que comunicaba el despacho de Areilza con el jardín. Recuerdo el juego de verdes pálidos, ocres y rojizos que se divisaban a través de los cristales durante los días de otoño.

Las ventanas de nuestro despacho daban a la plaza de Grregorio Marañón y desde ella contemplamos el 21 de diciembre de 1973, el entierro de Luis Carrero Blanco, la soledad del entonces Príncipe Juan Carlos y escuchamos los gritos dirigidos al cardenal Vicente Tarancón (Tarancón al paredón) y otros acontecimientos políticos del momento. Ese día recuerdo que D. José María de Areilza pasó a nuestra oficina y nos dijo con tono delicado: “Creo que sería mejor que se fueran a sus casas”.

Nunca supimos con exactitud quién facilitó a D. José María de Areilza el nombre de mi padre. Supusimos que había sido D. Pedro Sainz Rodríguez, fue alumno de mi abuelo, Justo García Soriano, y que estaba convencido de que era el padrino de Justo García Morales, cuando en realidad lo fue de un hermano suyo, Tomás, fallecido al poco de nacer. También pudo ser el periodista Vázquez Dodero, pues mi padre dirigía el centro de documentación del diario ABC, al que acudía por las tardes, en aquella época. En cualquier caso, debió ser alguien del círculo de Don Juan de Borbón o de la Fundación Universitaria Española. Y es que a mi familia directa siempre la ha valorado más los miembros de la tecnocracia, del Opus Dei o de la monarquía que los liberales, progresistas y gente de izquierdas a la que secularmente nos sentíamos más afines.

Lo único cierto es que el trabajo nos vino muy bien económicamente a los dos. Mi hermano José Enrique se había casado en 1971 y el contrato para la organización de esta biblioteca complementaba el pluriempleo que tenía que desempeñar para conseguir un sueldo digno. Durante los dos años y diez meses que estuvimos catalogando la biblioteca de Areilza, impartió clases de Historia del Arte en el Centro Universitario de Toledo, de Arte medieval y renacentista en la Universidad Autónoma de Madrid y fue profesor colaborador con el catedrático de Arte en la Universidad Complutense de Madrid, D. Antonio Bonet Correa. Contó con ayudas a la investigación del Patronato de dicho Centro para la compilación de lo que sería su tesis doctoral: la bibliografía de la pintura española. Así mismo obtuvo una ayuda de la Fundación Universitaria Española para estudiar y publicar los documentos existentes en el Archivo Campomanes sobre la enseñanza durante la ilustración y una beca de la Fundación March para realizar, en equipo con D. Antonio Bonet Correa, una bibliografía del arte español durante el período comprendido entre el siglo XVI y el año 1875.

Mi currículum de entonces era mucho más breve. Inicié el trabajo recién comenzado el último curso de mis estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, Sección de Literatura española en la Universidad Complutense y comencé mi aprendizaje en la Escuela de Documentalistas en el curso académico 1973 – 1974. En 1972 escribí mis dos últimos prólogos para la Colección Púrpura de la Editorial Libra (Flores y Blancaflor. La Reina Sevilla y Mireia de Federico Mistral), que gestionaba Dª Enriqueta Jansá, que luego se convirtió en bibliotecaria de la Biblioteca de Cataluña, y cuyos títulos seleccionaba mi padre en su condición de director literario. Esta colección surgió para hacer la competencia a los Clásicos RTVE que publicaba la editorial Salvat. El precio de cada volumen de esta colección era de 25 pesetas y los de la Colección Púrpura, unas 15 pesetas. El truco consistía en editar obras huérfanas, no sujetas a derechos de autor, distribuirlas por correo postal a los suscriptores y pagar menos a los prologuistas entre los que nos encontrábamos mi padre, mis hermanos Justo y José Enrique y yo. Se imprimían en los talleres tipográficos Mateu Cromo. Nunca llegué a saber con seguridad quién había detrás de este proyecto editorial, pero mucha gente apuntaba a la familia Garrigues compuesta por juristas y políticos.

En el año 1973, una vez finalizada la carrera, conseguí una Beca del Programa de Cooperación Cultural entre España y los Estados Unidos de Norteamérica para conmemorar el bicentenario de la independencia de esta última nación. El asunto era el reflejo de las noticias de la sublevación de las colonias británicas y su emancipación a través de la prensa española de la época: Gaceta de Madrid y Mercurio Histórico y Político. Para llevar a cabo la investigación, comencé a desplazarme a la Biblioteca Nacional con asiduidad, donde leía estos periódicos y anotaba las páginas en las que aparecían las noticias para que las fotocopiara mi hermana Eloísa. Entonces su puesto de trabajo de reprografía al público se encontraba en un mostrador ubicado en una zona de paso, que daba a la escalera de caracol que subía al Salón de estudios[1] y a las escaleras que bajaban a la Sala Universitaria. Alguna vez la ayudaba atendiendo algunos lectores que no sabían buscar en los catálogos o resolviendo incidencias en las signaturas topográficas: la escrita en la ficha del catálogo o en la ficha de pedido no se correspondía con el libro que solicitaban. De esta manera, por la mañana practicaba lo que en horario de tarde aprendía en la Escuela de Documentalistas. Cuando iba a desayunar con Eloísa y sus compañeras, veía a una niña con cara de buena y con la que mi hermana tenía mucha confianza y amistad. Se llamaba Charo y trabajaba entonces en la Secretaría de la Biblioteca Nacional.

Realmente, el trabajo duro de la catalogación de la biblioteca de D. José María de Areilza lo realizaba mi hermano. Íbamos los dos a recoger libros y, cuando teníamos que acceder a las baldas más altas, él se subía por las escaleras a cogerlos y los bajaba hasta un peldaño donde yo los podía tomar. Luego llevábamos a pulso las publicaciones hasta la oficina. Él redactaba la ficha catalográfica destinada al catálogo topográfico, y las copias para el catálogo diccionario, tarea ésta última en la que yo le ayudaba a veces. Luego confeccionaba los tejuelos y los pegaba en el interior de la obra y en el lomo de la monografía. Los llevábamos de nuevo al salón o a la habitación y los colocábamos en la estantería. Algunas veces entraba el señor Conde de Motrico para preguntarnos cómo íbamos y si necesitábamos algo. También se interesaba sobre cómo estaban organizados los catálogos para saber la forma de buscar la información que necesitara. Los asientos bibliográficos estaban redactados conforme a las instrucciones vigentes en aquellos años y a los encabezamientos de materias publicados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Al menos a comienzos de la década de los años 1970, uno de los problemas aparentemente más triviales de una biblioteca de publicaciones impresas, pero que podía dificultar la localización de una obra concreta, era la adhesión de la etiqueta o tejuelo con su ubicación física dentro de la colección. Este problema se acentúa cuando la temperatura medioambiental, sobre todo en invierno por efecto de la calefacción, es elevada y seca el pegamento. Entonces se produce lo que José Enrique y yo llamábamos la lluvia de tejuelos. Las etiquetas se caen de los lomos de los libros y se caen al suelo por sí solas o al menor movimiento. Si, además, los patronos no quieren que se pongan cinta adhesiva transparente o papel de cello por la riqueza de algunas encuadernaciones y para que no se amarilleen con la temperatura, la solución resultaba muy difícil. Los dos “bibliotecarios” nos angustiábamos por este hecho, que nos obligaba a rehacer los tejuelos externos periódicamente, aunque el interior no sufra alteración alguna. Esta angustia aumentaba, cuando la educadísima señora condesa de Motrico entraba en nuestra zona de trabajo y nos interrogaba sobre las posibles soluciones y te proponía que encargáramos unos marbetes de color púrpura y escribiéramos los números con purpurina dorada. Al final, el debate sobre los tejuelos no llegó a ninguna conclusión y proseguimos con el mismo procedimiento. Hoy, supongo, que la mayoría de aquellas etiquetas, que pegué con tanto cuidado, se habrán caído y quiero tener la certeza de que alguien las habrá reemplazado o haya puesto una etiqueta con los números de las signaturas topográficas que abarcaban cada balda.

Al finalizar nuestra jornada laboral, algunos días acompañaba a mi hermano José Enrique hasta la calle Bravo Murillo casi esquina a la glorieta de Cuatro Caminos. Allí se subía a la camioneta (así se las denominaba entonces, que le llevaba a su domicilio en el Barrio del Pilar de Madrid, entonces en plena expansión. Desde sus terrazas se contemplaba una vaguada, que fue reivindicada durante años, hasta que se construyó un centro comercial en su solar. En el camino, conversábamos de todo: de sus trabajos, de su vida de recién casado, de mis estudios… A veces nos deteníamos en una cafetería, llamada Nebraska, situada muy cerca de la parada de la camioneta, donde bebíamos unas cervezas y comíamos unos bocadillos de salchichas de Frankfurt o una tortilla de patata con salsa de tomate. De regreso al domicilio de mis padres por la calle García Morato, como se llamaba entonces la actual calle Santa Engracia, yo iba pensando en mis asuntos y en la soledad que sentía, sin amigos, sin compañeras de la universidad que me hicieran caso, sin la presencia en nuestra habitación de mi hermano José Enrique, con el que tanto había jugado de pequeño y al que estaban asociadas mis primeras salidas sin la presencia paterna.

Algunos meses D. José María de Areilza se olvidaba de entregarnos el cheque de nuestro sueldo y se lo comentábamos al Sr. Arana, el secretario particular, buena persona y que llevaba años trabajando con él. Al principio se lo recordaba Arana y, al poco rato, aparecía en el despacho con ellos y pidiéndonos disculpas por la demora. Otras veces era mi hermano quien tenía que pedírselos, con el mismo resultado. Don José María de Areilza era un hombre de elevada estatura, de gran presencia, siempre vestido con trajes de americanas cruzadas, muy culto y educado y que sabía ponerse a la altura de las personas con las que conversaba.

Recuerdo un día, en los años 1980, que fue a saludar a mi padre a la Biblioteca Nacional. Estuvieron conversando prácticamente toda la mañana sobre libros, Don Pedro Sainz Rodríguez y sobre cultura. En la Biblioteca se formó un gran revuelo, sobre todo, por lo largo de la reunión. No pasó nada ni se conspiró ni contra nadie ni contra nada: sólo se encontraron dos grandes conversadores que tenían una amplísima cultura.

Anécdotas aparte, la verdad es que D. José María de Areilza usaba con frecuencia su biblioteca y se sentía orgulloso de ella, en particular, y de las bibliotecas en general, como muestran las líneas que transcribo a continuación procedentes del capítulo XVIII Mi biblioteca de su libro titulado A lo largo del siglo[2]:

… Fichar una biblioteca es tarea apasionante, no sólo para los expertos que la llevan a cabo, sino para el dueño de tanto libro que vuelve a verlos pasar, uno a uno, por el gabinete de identificación. Y allí aparecen los viejos amigos: los olvidados; los sorprendentes; los desconocidos. Una biblioteca es como una antigua ciudad enterrada: arqueología libresca. Cada golpe de azada revela, quizás, tesoros. La ordenación bibliográfica descubre, también, piezas de valor incalculable.

Clasificar una biblioteca es como despertar a miles de voces amigas que dormían en silencio a la espera de la lectura imprevista. Cuando ya el clamor se apaga en la ordenada disposición parece que un inmenso cortejo de gentes ha pasado en rápido desfile ante nuestra vista llenando, con sus personalidades, la soledad radical del hombre. ¿Y no será esa comunicación que rompe el aislamiento espiritual la misión de la cultura?







[1] Esta escalera fue diseñada por mi tío Luis García Camarero, arquitecto, que trabajó con D. Luis Moya en las obras de reforma de la Biblioteca Nacional de la década de los 1950. También se debía a él otra escalera de caracol que subía a las dependencias ocupadas por la Secretaría, luego Gerencia, que se encontraban en una zona de paso hacia las Secciones Especiales. Según nos contaba, materialmente tuvo que salvar el edificio de la Biblioteca Nacional durante la ejecución de las obras de reforma que ampliaban el Depósito General cinco plantas por debajo y que se destinarían a las publicaciones periódicas. Un día de julio, le avisaron de que el inmueble se estaba moviendo. Ausente el responsable de las obras, se desplazó a las mismas y bajó por una cuerda a los cimientos que se estaban cavando. En efecto, se desplazaba milímetros, pues se habían topado con una capa freática del río que transcurría por el Paseo de Recoletos y de la Castellana. Hubo que llamar urgentemente al Ministerio y éste a el Pardo, residencia del general Francisco Franco, para que autorizasen a desviar cemento y hormigón armado que se estaba usando en la construcción del Valle de los Caídos, para inyectarlo en los cimientos de la Biblioteca Nacional y evitar que ésta se siguiera moviendo y llegara, incluso, a desmoronarse.
En la actualidad trabaja en este organismo un hijo de Luis García Camarero: Rodrigo García Pérez, descendiente, además, por vía materna del escritor Francisco de Quevedo.
[2] Areilza, José María de A lo largo del siglo, 1909-1991. – Barcelona: Planeta, 1992. – P. 290-295

Comentarios

  1. ¡Muy interesante! Yo fui suscriptor de Colección Púrpura de la Editorial Libra que tengo en la casa de mis padres.

    ResponderEliminar
  2. Mi nombre es Pepi Bauló y estoy interesada en contactar con los herederos de José María de Areilza para un proyecto editorial. En Planeta no me han podido dar razón y me pregunto si tuviera la amabilidad de facilitarme alguna información. Muchas gracias de antemano. Mi mail es pepi.baulo@gmail.com

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

MEMORIAS DE UN BIBLIOTECARIO DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA Y TECNOLÓGICA

MEMORIAS DE UN BIBLIOTECARIO DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA Y TECNOLÓGICA

MEMORIAS DE UN BIBLIOTECARIO DE LA TRANSICIÓN POLÍTICA Y TECNOLÓGICA